Columna
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El fragor de la batalla

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05 Noviembre, 2020

https://doi.org/10.46856/grp.22.e011

"Eloisa, especialista en Medicina Crítica, vive la pandemia desde un hospital, llora en silencio a los que se van y lucha para que los que llegan a su servicio, médicos o pacientes, resistan. "

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En el barrio campean los contagios y pulula un rumor de muerte que atraviesa las calles. Eloísa vence el agotamiento y la tensión acumulada para meterse bajo la ducha. Antes observa en el espejo su cuerpo bien formado, aunque ha perdido algo de tono muscular con estas jornadas de espanto. 

Deja que el agua caliente la desperece. Ya no le queda ánimo para cantar como lo hacía antes de esta pandemia. Su uniforme quirúrgico está doblado en la silla esperándola como una orden terminante que no puede eludir. 

Se ata una trenza y se viste -hoy de tono violeta- para acudir al hospital antes de que amanezca. Otra vez dejará su departamento en desorden; la Sala de Terapia Intensiva ha sido su hogar por un semestre. 

Cuando terminó la especialidad de Medicina Crítica con honores era la única mujer de su generación que se había aventurado por esa senda de monitores, silencios prolongados y zozobra. Sus amigas -varias dermatólogas, alguna pediatra u otorrino, dos internistas y una endocrinóloga- le advirtieron que no vería la luz del día y que esa demanda profesional le costaría su precoz matrimonio. 

Tal profecía se cumplió un año atrás, cuando su marido, un ingeniero que empezaba a destacar económicamente, la abandonó por oleajes más tranquilos; el muy cínico. 

Ella se recompuso pronto, dedicada en cuerpo y alma a sus enfermos atacados por el nuevo enemigo microscópico. Lo cierto es que tomó a su equipo por sorpresa. 

Cuando llegaron los primeros casos en marzo afectados por esa hipoxia silenciosa que los mataba en horas, la información era fragmentaria y los recursos exiguos. 

Solamente quienes estaban a cargo del contacto diario recibieron escafandras y trajes de vinilo, guantes dobles y turnos discontinuos. Aún así, Eloísa vio caer a tres enfermeros y a un anestesiólogo que la estaba cortejando con una neumonía atípica que los aniquiló en pocos días, pese a todas las medidas y esfuerzos que les dedicaron. 

Ella, como jefa de servicio, los lloró en silencio y les dedicó numerosos elogios frente a sus equipo con actitud estoica para ahuyentar el desaliento que la rodeaba ante cada deceso. 

Hoy transita por las avenidas semidesiertas de la capital, otra ciudad latinoamericana que sobrevive apenas bajo el miedo y la tenebra. La gente a su derredor camina cabizbaja, no todos con tapabocas, tratando de ganarse la vida como puede. 

En Europa pudieron levantar la frente pronto - piensa- porque no arrastran siglos de pobreza que los atenazan. Aquí este virus arrasó con las comunidades marginales como una plaga incontrolable, asesina. 

Ella lo sabe bien, ha visto sucumbir a los más viejos, los más pobres, aquellos que en la mirada hueca, ávidos de oxígeno, mostraban una profunda incomprensión frente a su suerte. 

A finales de mayo las estadísticas eran una suma de decepciones, y los pocos pacientes que se recuperaban lo hacían más por azar que por el empleo de suero convaleciente, esteroides o Tocilizumab. El  primer rayo de esperanza vino cuando en dos enfermos que se precipitaban a esa muerte seca y alguien sugirió tomarles marcadores de trombosis. 

Fue por serendipia o porque alguno de los residentes más inquietos cayó en cuenta de un artículo aislado que documentaba endotelitis perialveolar. Sea como fuere, los resultados del Dímero D despertaron la conciencia general y empezaron a emplear heparina de bajo peso molecular a destajo. Tras todas esas semanas de fracasos, los enfermos más agudos empezaron a responder; el oxígeno parecía por fin fluir sin contratiempos y la curvas de función cardiopulmonar se reintegraron. 

No es que hubiesen ganado la batalla, medita Eloísa al volante de su pequeño Toyota, pero vieron algo de penumbra al final del túnel. 

A su arribo al nosocomio, la está esperando bajo la llovizna la jefa de enfermeras. Viste un anorak gris que oculta sus facciones, máxime que el cubrebocas solo deja libre sus ojos lánguidos y ansiosos a la vez. Eloísa se apea del auto y la saluda con recato. 

-¿Qué pasa, Lola? Te veo desencajada. 

- Se acabó el anticoagulante, doctora Rojas. No sé qué vamos a hacer. Estoy desesperada buscando insumos en otros hospitales. 

Sorprendida de su reacción maternal, ella que aún no ha gestado salvo denuedo incansable, la toma del brazo y la encamina hacia la entrada lateral. 

-No se alarmen-, le dice en tono amable- de peores escaramuzas habremos de sobrevivir. 

Su presencia en la Terapia infunde calma; emplearán aspirina, clopidogrel, warfarina o lo que haga falta, pero no volverán a permitir que la muerte inunde su santuario. 

En algún lugar de esa ciudad, avasallada por la peste, Eloísa y su equipo se sirven un café reconfortante y se aprestan a revisar los pormenores de la guardia que termina. Afuera, la carestía, como en tantas otras metrópolis de esta América herida, sigue horadando los hogares donde apenas alcanza para remontar el día. 

 

 

 

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