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El heroico acto de lavarse las manos

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12 Junio, 2020

https://doi.org/10.46856/grp.22.e016

"En salud pública todo es reciente. Demostraciones de cuales gérmenes causan enfermedades tienen un poco más de un siglo y medio. Pasteur, Lister, Koch… Y antes de ellos, Ignaz Semmelweis también creía en eso. Sin pruebas, entendió y evitó varias muertes."

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Desde las ventanas, a la hora indicada, aplausos y saludos a los profesionales de la salud por la atención a las víctimas de la pandemia. Homenajes desde una distancia segura.

En momentos de desespero, necesitamos héroes.

Kurt Vonnegut (1922-2007),  estadounidense de origen alemán, escritor, antropólogo, en un ensayo en 1981, sugiere elegir, de forma apropiada, un verdadero héroe para nuestra época. Y estoy de acuerdo con la opción: Ignaz Semmelweis. Su argumento es completamente relevante.

“El médico húngaro Semmelweis nació en Budapest en 1818 y vivió 47 años. Obstetra, se dedicó a la salud de madres y bebés, por lo que ya podría ser nombrado con el título de héroe moderno. Aún hoy, hay muy poco cuidado hacia las madres, bebés, ancianos o cualquier persona, física o económicamente débil. Quedó horrorizado cuando fue a trabajar en una maternidad en Viena y descubrió que allá, una de cada 10 madres moría de fiebre después del parto. Eran personas pobres. Las personas ricas tenían sus bebés en casa. Intrigado, observó las rutinas hospitalarias y comenzó a sospechar que los médicos eran los que infectaban a los pacientes. Notó que venían de la sala de disección de cadáveres, en la morgue, para examinar a las madres en la maternidad. Sugirió, como experimento, que se lavasen las manos antes de tocar a las madres.¿Qué podría ser más ofensivo? ¿Cómo se atreve a hacer tal sugestión a sus superiores? ¿Él, un don nadie?

La muerte no daba tregua y Semmelweis insistía en pedirles que lavasen sus manos. Hasta que finalmente aceptaron, en una combinación de juego, sátira y desprecio.

La muerte se detuvo.

Imagínese la sorpresa. Aun y cuando no pudiese explicar el por qué, afirmaba,mediante un análisis estadístico, la importancia de -lavarse las manos. Salvó millones de vidas, incluyendo, posiblemente, la mía y la tuya.”

Es en la observación, en la búsqueda de conocimiento y de información nueva que Kurt Vonnegut basó su elección de un héroe. Un discurso sobre “el hecho revolucionario de que hoy podemos hablar basados en lo que conocemos, si así lo deseamos”. Afirma que no deja de ser un “acto de valentía, honor y belleza, buscar la educación y obtener información concreta que, al ser debidamente entendida y utilizadas, puede salvarnos como especie”. Advierte, sin embargo, que “toda la información certera de la que disponemos ahora, puede resultar incómoda para algunos, de vez en cuando”. Esta revolución de información contiene una amarga paradoja. La información parece estar incomodando. En los últimos millones de años, la humanidad dependió de adivinanzas. Tuvimos buenos y malos adivinos, Vonnegut cita dos ejemplos: Aristóteles y Hitler. Un bueno y otro muy malo. “Las masas humanas, sin información concreta, tuvieron pocas opciones al no creer en ese o aquel adivino de guardia”.

“Los adivinos nos dieron la valentía para superar pruebas que no podíamos entender –pérdida de cosechas, plagas, volcanes, bebés nacidos muertos. Nos daban la ilusión de que teníamos el control de nuestro destino. La adivinanza persuasiva se encuentra siempre en la durabilidad del liderazgo, lo sorprendente es que gran parte de los líderes de este planeta, a pesar de toda la información certera que hoy poseemos, quieran continuar siendo adivinos, solamente – adivinando”.

Avisos como la restricción de fondos para la educacióny la investigación, con la excusa de ser inflacionarios, impiden que nuevas verdades incomoden a los malos políticos. Ellos aborrecen la información sólida generada mediante investigaciones científicas, becas de estudio e informes de investigación. No es el modelo de oro que piden, es el clavo en la herradura. ¿De qué sirve la educación?

En salud pública todo es reciente. Demostraciones de cuales gérmenes causan enfermedades tienen un poco más de un siglo y medio. Pasteur, Lister, Koch… Y antes de ellos, Ignaz Semmelweis también creía en eso. Sin pruebas, entendió y evitó aquellas muertes.

“Cuanta gratitud Semmelweis recibió de los líderes de su profesión e de la sociedad – ¿Aquellos que sólo adivinaban? No fue tomado en serio, lo trataron como cualquier loco. Obligado a dejar el hospital, desterrado de Austria, terminó su carrera en un sanatorio provincial en Hungría. Allá dejó de creer en la humanidad, en el conocimiento y en sí mismo. Un día, en la sala de disección, clavó a propósito en la palma de su mano la hojilla de un bisturí usada en un cadáver. Murió, como sabía que sería, envenenando su sangre.

Los adivinos ganaron. Ellos son los verdaderos y nefastos gérmenes. No están interesados realmente en salvar vidas. Sólo les importa ser oídos, sus adivinanzas son fundamentales para mantenerse dominantes”.

Es difícil prevenir lo que vendrá después de la pandemia. Es necesario apropiarse de la historia. Si enfrentamos lo desconocido, el buen sentido común debe dar crédito a la ciencia y no a los adivinos, las pitonisas, a “creencias” que se oponen a la evidencia brutal de la muerte y del sufrimiento, trata las pérdidas como inevitables, divulgando información falsa, tratando con desdén las curvas de proyecciones, sin una preocupación real por las fallas de un sistema de salud, que por poco no es aún peor.

En Matadero 5, Kurt Vonnegut, crea una frase crítica irónica que se repite hasta el agotamiento, siempre que la muerte aparece: - So it goes. Puede ser traducido como: cosas de la vida. Quizás evoque su ascendencia alemana; en la expresión común de las abuelas de origen alemán como la aceptación de los designios existenciales: - So ist das Leben – así es la vida. Trágico es cuando deja de ser un sinónimo de resignación e indica irresponsabilidad, insensibilidad y negligencia, un – ¿y qué? – desprovisto de afecto y pobre de espíritu.

Basta de suposiciones, dejemos de escuchar a los malos adivinos, la verdad se encuentra presa al conocimiento. Sin eso, no habrá libertad.


 

 

 

 

 

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