Columna
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La imperfección de la carne

Por : Alberto Palacios
Jefe del Departamento de Inmunología y Reumatología del Hospital de los Angeles Pedregal en CDMX



11 Marzo, 2021

https://doi.org/10.46856/grp.22.e070

"Lauro encuentra a su esposa Amelia en su casa, la escena siguiente es en un hospital y al final, una reflexión de lo que pudo ser. "

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Presa de un retortijón, Amelia se incorpora de la cama y vomita violentamente la cena descompuesta que tanto hubiese disfrutado anoche de no ser por este malestar que no ha cesado. Se filtran algunas luces por el borde de su ventana que revelan que es aún de madrugada. A lo lejos ladran perros de manera incesante y ello, además de perturbar su sueño, aumenta la sensación de repugnancia. 

Su pareja ronca, indiferente, y puede discernir un hilo de saliva en la almohada. Otra vez la náusea y un vómito de baba amarga; – el gusto amargo de la bilis – murmura. 

Cuando acude al retrete, los espasmos aumentan y siente la urgencia de una evacuación diarreica. 

-¿¡Cómo demonios me contagié!? – se pregunta, esta vez en voz alta, tomándose el abdomen para mitigar el cólico. 

No bien ha pasado el tenesmo, se para frente del espejo y calcula el daño. Ojeras de dos días, el cabello revuelto, la boca seca y fétida; parece un espectro de sí misma. 

Revuelve el cajón de los medicamentos y no encuentra uno apropiado para este predicamento. Tendrá que despertar al incapaz de Lauro o llamar a deshoras para pedir un antiemético, pero en su confusión no atina a recordar el número de la farmacia. 

El esposo la encuentra varios minutos después temblando, sudorosa y delirante, recostada en el suelo del baño con el camisón descorrido y manchada de heces fecales. La imagen es de una sordidez alarmante; tanto, que de momento teme que esté muerta. Se acerca a tomarle el pulso y corre a pedir ayuda al 911. 

La limpia como puede, atento a esos genitales que ha besado y venerado, que hoy quiere dejar impolutos, libres de infección y de inmundicias. Está a punto de colocarle unas bragas – los primeros calzones que encuentra, y desconoce – cuando oye la sirena de la ambulancia muy cerca, casi ensordecedora, como una amenaza más que un consuelo.

Ante su puerta avista a dos chicos vestidos de azul, imberbes pero exactos en sus preguntas y movimientos; que toman nota del estado de la enferma y se aprestan a conducirla en camilla hasta el vehículo. 

-¿Quiere acompañarla? – pregunta el más joven, ante el estupor de Lauro. 

-No, no sé – titubeó el hombre, todavía en pijama, sucio de heces y vómito. 

-Pues decídase, – añade el conductor en tono imperativo – porque se le muere la vieja. 

El trayecto al hospital está marcado por un penoso silencio, apenas roto por las maniobras y la charla de los paramédicos, que “canalizan” (extraño término) a su mujer, le ponen una mascarilla y descubren sus senos sin pudor alguno para colocarle unos electrodos. A Lauro ese pecho que lo ha acunado tantas veces le parece ahora insustancial, los pezones deformes, la flacidez de esa carne remota y ajena. 

Una vez en la clínica, recibe a su Amelia – quien no sale del coma y respira con obvia dificultad – un equipo de personajes ataviados como astronautas que actúan y responden bajo órdenes mecánicas. 

-¡A la de tres! ¡Una, dos, tres! – mientras él observa atónito como su compañera es lanzada y trasladada como un bulto. 

Le impiden la entrada y la ve alejarse en medio de cuerpos amorfos y apresurados. 

-¿Es usted su familiar? – pregunta otra, también enfundada en un traje de plástico y con ojos inquisidores que asoman bajo la careta. 

-Sí – responde Lauro, mirando hacia el pasillo. – ¿A dónde la llevan? 

-Ya le dirán, señor. Por lo pronto acompáñeme. 

Lauro se ve perdido, siguiendo a esta mujer anónima sin entender el orden clínico o legal o mórbido que impera en este nosocomio. A su paso hay gente que duerme, que llora, que dialoga en voz baja, que come algún emparedado sin ganas y con ojos huecos. Se pregunta si él también pasará a formar parte de este ejército de espectros que aguardan noticias de sus sobrevivientes o sus muertos. 

Le inquieren cosas que no sabe o que no recuerda: si Amelia tiene cáncer o bebe alcohol a escondidas, si sus suegros eran diabéticos o hipertensos, si ella consume estupefacientes o remedios caseros…

Todo es confuso para nuestro protagonista, quien de pronto se avergüenza de su aspecto y de la fetidez que exuda. No tiene a quien llamar, porque no trajo consigo la libreta donde anota todo desde que comenzó a perder la memoria. Y ahora mismo no sabe dónde está, cómo llegó a este lugar tan inhóspito, lleno de gente extraña. – ¡Qué falta le hace Amelia, que todo lo sabe y todo lo resuelve! ¿Dónde se habrá escondido? – se pregunta. – ¡Qué desfachatez dejarlo solo entre desconocidos! 

Alguien le cede un asiento, duro como piedra, y dormita varias horas sumido en esa sórdida pesadilla de gente y ruido que lo confunde más y más. Nada tiene sentido, aunque por momentos le ofrezcan agua o un teléfono celular por si quiere localizar a alguien. 

– No, gracias – se disculpa, – estoy esperando a mi esposa. No debe tardar.

Al cabo de horas inconsecuentes, escucha que mencionan a su compañera por un altavoz y se incorpora con cierto entumecimiento, pero aliviado de que por fin van a salir de esta odisea.

-Señor Dominguez, le tengo malas noticias – le dice una mujer regordeta, vestida de enfermera, con cofia y todo, como en las películas.

Lauro la observa con extrañeza. – ¿Dónde está mi esposa, señorita? ¿Por qué la retienen? 

– Tuvieron que intubarla – replica ella, con gestos recios para constatar si el hombre ha entendido. 

– ¿Qué dice? ¿En una incubadora? ¿Cómo? 

-No, perdone, no me expliqué. Dejó de respirar y le pusieron un tubo de plástico en la tráquea para conectarla a un ventilador. Está muy grave. 

La aclaración es demasiado para Lauro, que cae desvanecido en medio de dos señoras quienes logran atenuar apenas su caída. 

Cuando vuelve en sí, está en una cama estrecha rodeado de asistentes médicos y enfermeras, con unos picos que le perfunde aire en las narices y sometido por un brazalete que le aprieta repetidamente el bíceps.

-¿Se encuentra bien, Lauro? – le pregunta un doctor barbudo, con una familiaridad irritante.

-¿Qué hago aquí? – increpa él, molesto por el abuso. – ¿Y dónde está mi mujer? ¡Déjennos ir a casa! ¡Ya estuvo bueno! 

Han pasado varias semanas desde que Amelia lo abandonara, y Lauro sigue sin comprender que la condujo a desistir de un buen matrimonio como el que compartieron por más de cuarenta años. Cierto, tuvieron sus desacuerdos; la esterilidad de él pudo haber sido una causa de descontento y rabia, pero pudieron haberlo hablado, incluso adoptar una criatura…

La casa de retiro donde habita desde hace tiempo (¿cuánto? nadie sabe) es agradable, y empieza a conocer a algunos residentes que lo saludan por su nombre. Quisiera poder devolverles el saludo con la misma cordialidad, pero sus caras a veces se le escapan y no ha logrado retener sus pormenores. Se mira en el espejo de su cuarto, donde conserva una foto de su esposa, sentada en una banca de un parque anodino. Ella parece observar algo a la distancia. Así, distraída como la captó la cámara, rebosa frescura y belleza; es su mejor perfil, sin duda. 

-¿Quién habrá puesto ese listón negro en el marco de su retrato, que tanto lo afea?

 

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