Columna
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Fake covid news

Por : Alberto Palacios
Jefe del Departamento de Inmunología y Reumatología del Hospital de los Angeles Pedregal en CDMX



02 Febrero, 2021

"Una vacuna llega por la frontera, un cargamento de hidroxicloroquina barata está siendo distribuido, el dióxido de cloro se difunde por redes sociales y la ivermectina es el desayuno favorito. Así transcurren los días entre Internet, pandemia y noticias."

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El neblumo descorre su cortina pestilente entre ladridos y escapes de motocicletas. Es una mañana fresca de otro año que se rige por el número de muertos. No bien silencia el despertador de un manotazo, Diego alcanza su teléfono móvil y se apresta a actualizarse. 

Suman más de dos millones de muertos por la pandemia y con la variante inglesa (denominada con el críptico B.1.1.7), las oportunidades de negocio abundan. 

Ha comprado una remesa de dióxido de cloro con su socio cantonés y está por venderla en el mercado negro a precio de oro. Pero primero debe crear una campaña de credibilidad que facilite una venta rápida y sin riesgos.  Para eso contrató a Cassandra, compañera del bachillerato y antigua amante, quien se ha destacado en manipular las redes sociales. 

–Hola, Cass. Perdona la hora. ¿Cómo vas con nuestro proyecto? 

La mujer se despereza mientras arropa a su novia, que yace semidesnuda a su lado. 

–Anoche monté un bulo en Instagram, Twitter y Tik Tok con credenciales falsas, como me pediste –, responde, aclarando la garganta. – Lo de manipular el artículo científico te va a salir más caro, Diego. No quiero exponerme…

–Nada, mujer, tranquila. Tú eres experta y estas noticias emergen todos los días. No seas paranoica. 

Refunfuñando, la joven cibernauta se viste en una bata de lino y arroja el celular al sillón contiguo. Su amante se revuelve en la cama y sigue durmiendo. 

No obstante, la certidumbre de Diego, él no es quien se arriesga, piensa; y la difusión de que el CBD previene contra la demencia casi le cuesta una persecución policial. Con las noticias falsas hay que tener cuidado. – Nada es inocuo – se dice a sí misma, y sonríe con ironía.

 El café empieza a hervir en la Bialetti y Cassandra, que no sabe ya a quien creerle, alinea un gramo de vitamina C, dos cápsulas de cúrcuma con zinc, una cucharada de moringa y su dosis de ivermectina sobre el desayunador. Hace un gesto ritual y las deglute juntas frunciendo la boca por la mezcla repulsiva de sabores. 

–Mmmmm – suspira, mientras enciende la pantalla – otro día sin ver la luz del sol. 

En otro punto de la ciudad, Beto, que se niega a declararse socio de ese par de incompetentes (como suele repetir), espera un cargamento de hidroxicloroquina barata para negociar con un dependiente de farmacia y distribuirlas en los barrios periféricos de la ciudad. La pobreza cala en estas latitudes y ha tenido que recortar sus ganancias después de que la sustancia resultó tan desacreditada.

 –Hubiese adquirido el Noni – medita para sus adentros, –ese tiene mejor reputación; lo más cercano a una panacea, ¡coño! 

Bajando la ladera aparece Christian, un muchacho negroide, muy delgado y desaliñado, que sirve de contacto. Se saludan con visible disgusto mientras dos rapaces descargan la camioneta con las cajas del medicamento. El intercambio se produce mediante escasas palabras, como corresponde a toda operación subrepticia. Ambos saben que el tesoro está muy cerca: una vacuna falsa que están confeccionando en otro laboratorio clandestino en Salvador de Bahía, y que augura un rendimiento sin precedentes. 

Beto esconde las cajas en una bodega adyacente a su tienda de artículos para bicicletas. El lunes próximo comenzará la distribución, una vez que dedique varias horas a difundir las bondades del fármaco por WhatsApp y sus diferentes perfiles en Facebook y Twitter. Pero lo corroe el enfado; esta compra debió hacerse al principio de la pandemia, no ahora que hay tanta competencia. 

Ha repasado el tema hasta el cansancio con Diego; lo que necesitan es un vocero, un profesional de la salud que avale estos productos en Internet y, si tiene cierto prestigio, incluso por radio y televisión. 

Hace unas semanas contactaron a un médico general que estaba bien dispuesto a servirles de escaparate, pero el acuerdo se cayó cuando averiguaron que tenía varias demandas por abuso sexual entre sus pacientes. Ahora los candidatos son escasos, de modo que tendrán que subir la oferta de sus honorarios. 

–Ya no se puede confiar en nadie –, dice Beto entre dientes, al tiempo que enciende un porro de marihuana.

 La mañana es calurosa, si bien augura una tormenta estival, de esas que aclaran la mente. Con cierto desgano, decide acudir a una clínica de barriada donde trabaja un médico recién graduado que podría interesarse en el negocio. 

Accede al exiguo consultorio y espera su turno, atisbando a su derredor, como ave de presa. La paciente que lo antecede, una mujer andrajosa, de apariencia mortecina y tosiendo ruidosamente, sale sostenida por sus hijos. 

–No le queda mucha vida –, piensa Beto y se cubre ostensiblemente la cara con ambas manos. 

El médico está enfundado en una bata impecable y lo recibe con seriedad. No puede tener más de veinticinco años, lampiño y de cabello relamido con gomina. Parece un personaje de película muda y, como tal, le ofrece un asiento al malandrín frente al escritorio de metal que alberga un calendario de cartón, su estetoscopio y una libreta con anotaciones. No hay teléfono a la vista y en la pared lateral un cartel anuncia las medidas de higiene harto conocidas. 

Beto se acomoda en la silla y sin mediar más preámbulos, interpela al doctor tras calarlo con la mirada ducha de un embaucador. 

–Mira, mi doc. Estoy aquí porque necesito tu apoyo para promover una vacuna confeccionada en Brasil. 

–¿Qué vacuna es? – pregunta el médico, a todas luces interesado. 

–No son d’esas que se te meten en la genética, esas de mensajes, pues… Seguro estás pensando como esa doctora hispana que te van a cambiar de sexo o te van a sacar plumas, ¿qué no? 

El joven galeno aguza la vista y muestra su interés incorporándose en su asiento. Está por corregir a su interlocutor, pero prefiere callar y entrecruza los dedos sobre el escritorio. El otro se erige en un tono conspirador, seguro de haber clavado el anzuelo. 

–La cosa es así: en las próximas tres a cuatro semanas va a llegar por la frontera un cargamento de vacunas pa’l covit que son bien baratas y seguras. Usté se lleva una corta y lo único que tiene que hacer es colocarlas aquí en la clínica y las droguerías del centro. Nosotros nos ocupamos de proveer las cantidades que vayan requiriendo. ¿Cómo ve? ¿Chévere, no?¿Se anima? Es buen dinero, mi doc.

El médico pide más detalles y se declara ávido de emprender el negocio, no sin antes asegurarse de que el riesgo es mínimo y que todas las aristas están cubiertas. 

Se despiden con un fuerte apretón de manos y una flamante sonrisa que anticipa ganancias suculentas para ambas partes. Beto sale orondo del consultorio, celebrando en silencio su triunfo inesperado. 

Transita poca gente por la calle y las nubes parecen cubrir de sombras evanescentes a los dos conspiradores; a la distancia, una mujer añosa se acerca lentamente para solicitar consulta. 

Una vez que lo ve alejarse, el doctor Caballero extrae su celular de la bata y marca un número 800. 

–Por favor comuníqueme con el agente de la Interpol Dean Samuels, en Aruba; soy su contacto en Sudamérica. Creo que tenemos a la rata por el rabo…

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